Cuando hablamos de “lo femenino” en las tradiciones del México antiguo, solemos imaginar diosas o figuras míticas separadas de la experiencia cotidiana. Sin embargo, la visión que se conserva en códices, relatos orales y prácticas ceremoniales sugiere algo mucho más amplio y profundo. Para estas culturas, lo femenino no es una entidad distante o un objeto de culto fijo; es, ante todo, una cualidad interna que convoca, gesta y sostiene la vida.
Más allá de lo abstracto: el poder de lo observable
En la cultura occidental, tendemos a dividir lo divino en dioses y diosas, figuras a menudo difíciles de comprender con nuestros cinco sentidos. Por el contrario, las culturas del Anáhuac nos recuerdan que el conocimiento empieza en la observación directa de la naturaleza y del propio cuerpo. El crecimiento de una semilla, los movimientos aparentes del sol o la manera en que nos transformamos desde la gestación hasta la madurez ilustran, de forma tangible, la esencia de lo femenino originario: el espacio oscuro y receptivo en el que la vida se va gestando, para después florecer.
El principio convocante
Lo femenino originario —llamado SIWAYOTL— se comprende como un principio que primero se crea a sí mismo y luego llama o atrae todo lo que existe hacia su centro. Así como una madre gesta al hijo en su vientre antes de permitirle nacer, lo femenino crea un vacío fértil en el que se madura la forma. Esta cualidad puede verse también en la manera en que construimos relaciones, proyectos o incluso espacios artísticos: hay una etapa de interiorización, silencio y visión profunda antes de la manifestación.
Itzpapalotl: la mariposa de obsidiana
Un claro ejemplo de las imágenes femeninas originarias se halla en la figura de Itzpapalotl, la mariposa de obsidiana. Con falda, brazos y un rostro antropomórfico, esta no representa a una diosa específica, sino un grado de conocimiento sobre la capacidad de transformarnos “en lo oscuro” para después dejar pasar la luz. La obsidiana —piedra volcánica y espejo natural— simboliza la introspección que las mujeres (y hombres) pueden cultivar en su psique, logrando cortes de insight y hallazgos profundos que combinan sombra y resplandor. La mariposa, por su parte, alude a la metamorfosis y la memoria innata que nos guía a lo largo de ciclos vitales.
Más que roles: la fuerza creativa
Gran parte de este enfoque del cihuayotl desmonta la idea de que lo femenino ha de ceñirse a roles tradicionales (madre, esposa, etc.). En vez de asociarlo con un estereotipo, lo femenino se concibe como una fuerza creativa que todas las personas podemos encarnar al entrar en procesos cíclicos de renovación interior. Tal como sucede con la oruga, cada persona requiere pausas y espacios de silencio para reconfigurar su identidad y emerger renovada.
La importancia de la memoria y la imaginación
En la transcripción se menciona la conexión de las mujeres con la “memoria muy profunda”. Desde niñas, muchas experimentan “despertares psíquicos” que usualmente no se encausan por la educación formal. Se habla de la hormona “de la memoria” (folículo estimulante y hormona luteinizante) que despierta alrededor de los siete u ocho años, recordando a la niña quién es. Este potencial, en lugar de aceptarse y canalizarse, a menudo se pasa por alto. Sin embargo, en la tradición originaria, la memoria y la imaginación —como tejer, saumar, danzar o hilvanar historias— son parte del desarrollo espiritual y creativo de lo femenino.
El humo, el calor y el tejido como representaciones de lo femenino
Las prácticas de ahumar con copal (o saumar), mantener el fuego ceremonial y tejer el petate simbolizan cualidades esenciales:
- La transmutación (humo), donde los límites entre lo visible y lo invisible se difuminan.
- El calor nutritivo (comal, fogón), que da cocción a lo que se está gestando —ya sean ideas, alimentos o vínculos.
- El tejido (petate florido), expresión de la habilidad de entrelazar dualidades y crear un sostén para la vida cotidiana.
Lejos de ser meros arquetipos o deidades separadas de la realidad, las imágenes femeninas —Coatlicue, Chalchiuhtlicue, Xochiquetzal, entre otras— se muestran como dimensiones que cada persona experimenta en distintos momentos. No se veneran como ídolos; se encarnan como principios que activan nuestra existencia.
La multiplicidad esencial
Finalmente, reconocer la multiplicidad de lo femenino significa asumir que este principio no cabe en una sola forma o nombre. Las figuras descritas en los códices (llamadas de distintas maneras según la región) son solo referencias visuales de un conocimiento vivo que sigue latiendo en la memoria colectiva. Con esto, se enfatiza que las mujeres pueden y deben habitar su fuerza creadora más allá de patrones preestablecidos o representaciones ajenas a su realidad.
Conclusión
El rescate del feminismo originario no consiste en exaltar una serie de diosas ni en romantizar un pasado mítico. Más bien, se trata de recordar y vivenciar las diversas cualidades femeninas que sostienen y renuevan la vida: la capacidad de convocar, de transformarse en la oscuridad, de tejer relaciones y de enraizar la creatividad en el propio cuerpo. La mariposa, el humo, el comal, la escoba, el tejido y otras expresiones nos hablan de una feminidad arraigada en la experiencia concreta, más que en arquetipos lejanos.
Para quienes busquen profundizar, el encuentro con estas enseñanzas —ligado a la psicología, la pedagogía o la danza— no requiere someterse a rituales inalcanzables, sino recuperar la noción de que el conocimiento es parte de la trama vital. El verdadero propósito es ampliar la conciencia y redescubrir en cada gesto diario una chispa creativa que nace de lo más hondo, animando cuerpo, mente y espíritu en una espiral de evolución constante.